viernes, febrero 09, 2007

La Perla Maravillosa



Era en el templo de Shien Shan, en un islote del mar de la China, a unas pocas horas de barco desde el puerto de Ha To. Al occidente, varias hileras montañosas parecían encaminarse hacia la pequeña isla, apretujada en el hueco de dos líneas que confluían. Al oriente, el océano, infinito. Muy elevado, el templo se encuentra adosado a las rocas, a la sombra ensanchada de los árboles de Buda.

Este islote recibe pocas visitas. A veces son pescadores que huyen de un tifón que se acerca y anclan sus barcas en él cuando el puerto vecino está muy alejado.

Nadie sabría decir por qué se alza el templo en un lugar tan solitario. Su derecho a la existencia parece haber sido consagrado por los siglos. De vez en cuando, algún extranjero se aventura hasta allí; se encuentra con un centenar de andrajosos que continúan llevando, por tradición, una vida ancestral.

Me dirigí hacia aquel templo conducido por la esperanza de hallar allí algún hombre cuya enseñanza fuera fructífera. Más de un año visitando monasterios y santuarios cercanos no me había permitido encontrar aún un solo sacerdote serio que me enseñara lo que no contenían los escritos superficiales a propósito de la religión del Celeste Imperio. En todas partes caí sobre pobres hombres, ignorantes y limitados que, arrodillándose ante imágenes cuyo sentido simbólico no lograban captar, repetían como loros extraños Sutras de los que no entendían ni una sola palabra. Mi limitado bagaje de ciencia lo tuve que reunir a partir de libros mal traducidos, aún más deformados por los sabios europeos que por los literatos chinos a los que había tenido ocasión de consultar.

Un día, oí a un viejo chino refunfuñar algunas frases a propósito de cierto «Sabio» de Shien Shan que había penetrado los secretos del Cielo y de la Tierra.

Incontinente, aunque sin concebir demasiadas esperanzas, atravesé el mar para ir al encuentro del Sabio.

El templo se parecía a otros que yo ya había visto. Dos sacerdotes inmundos, acurrucados en sus harapos gris-sucio, me avistaron burlándose estúpidamente de mí. Las imágenes de Kwan Yin, de Sakiamuni, de San Pao Fa, recientemente repintadas, habían perdido su antigua belleza bajo la brillante capa de colores chillones. El suelo estaba lleno de todo tipo de porquería, cortezas de naranjas, trozos de caña de azúcar. Un olor fétido me impedía respirar.

Dirigiéndome a uno de los sacerdotes, dije:

-He venido a ver al viejo Sabio. ¿Vive aquí un Sabio venerable? Le llaman Lao-Tzú.

Con cara de asombro, me respondió:

-Lao-Tzú habita encima de la roca, en el pabellón superior. Pero no le gustan los bárbaros.

Sin dejarme desconcertar, proseguí:

-¿Me llevarías hasta él? Te daré un dólar.

La codicia hizo brillar sus ojos, pero, bajando la cabeza, me dijo:

-No, no me atrevo. Ve solo.

Sus compañeros, que aún se reían, me ofrecieron té, esperando sin duda una generosa limosna.


Me encaminé y, tras una media hora de ascensión, descubrí una habitación cuadrada: la celda de la ermita. Habiendo rozado la puerta, oí enseguida que giraba la llave.

El Sabio apareció en el umbral, hundiendo su mirada en la mía.
Fue una revelación.

Me pareció ver una brillante Luz que, en vez de deslumbrarme, arrojaba paz. El hombre se alzaba, alto y recto como una palmera. Su rostro era calmo como una tarde de verano, cuando los rayos de la Luna bañan las cimas de los árboles inmóviles.

Su cuerpo entero poseía la majestad de la Naturaleza, tan simplemente bello era, espontáneo como una nube o una montaña. Poseía la misma aureola de santidad que un paisaje crepuscular, cuando exhala el alma en los últimos reflejos luminosos y el poeta siente subir en él algo como una oración.

Los ojos del Sabio, descendiendo hasta lo más hondo en mí, me llenaron de angustia; conocí entonces la vanidad de mi pobre y pequeña vida.

Incapaz de articular una sola palabra, bebí, silencioso, la luz que emanaba de él.

El Sabio me tendió la mano, y su gesto de acogida semejaba al de una flor que se inclina a partir del tallo.

Habló, y su voz me hizo pensar en el zumbido del viento en las hojas.

-Salud, extranjero -dijo-. ¿Qué vienes a buscar ante un anciano?

-Busco un maestro -respondí humildemente-. Quiero conocer la verdadera Doctrina, aquella que me enseñará a ser bueno. Durante mucho, mucho tiempo la he buscado en este bello país. Pero el pueblo está como muerto, y yo continúo tan pobre como antes.

-No está bien, no está bien -respondió el Sabio-. No hay que aspirar a tanta bondad. No busques demasiado, pues así nunca hallarás la verdadera sabiduría. ¿Acaso no sabes cómo descubrió el Emperador de China su perla maravillosa? Te lo diré: el Emperador Amarillo, errando un día en el norte del Mar Rojo, alcanzó la cima de los montes Kun- Lun. Cuando descendió hacia el sur, perdió su perla maravillosa. Ordenó a su Saber que la reencontrara, y no obtuvo nada. Ordenó a la Magia que la reencontrara, pero fue en vano. Ordenó al Poder Supremo que la encontrara, pero ocurrió lo mismo. Finalmente, transmitió la misma orden a la Nada, y ésta la recuperó. «¡Qué extraño!», exclamó el Emperador Amarillo, «la Nada la ha encontrado». ¿Has comprendido?

-Creo -dije-, que esta perla era su alma; tanto la ciencia, como la vista o la palabra tienden más a oscurecer que a aclarar. En fin, sólo el No Actuar absoluto permite al Emperador reencontrar la consciencia de su alma. ¿Qué pensáis, Maestro?

-¡Muy bien! Has presentido la verdad. ¿Sabes quién es el autor de este bello relato?

-Soy joven e ignorante. No sé.

-Nos ha llegado a traves de Tchuang-Tzú, discípulo de Lao-Tzú, que fue el Sabio más grande de la China. Ni Confucio ni Mencio han expresado la Sabiduría más pura. Lao-Tzú fue el más grande, y Tchuang-Tzú es su apóstol. Ya sé, vosotros, los extranjeros, sentís una benévola admiración, incluso por Lao-Tzú. Sin embargo, no creo que haya muchos entre vosotros que sepan cómo Lao-Tzú logró ser el hombre más puro de la tierra. ¿Has leído el Tao Te King? ¿Has reflexionado en el sentido que concedía a la palabra Tao?

-Me sentiría muy honrado si mi venerable Maestro se dignara revelarme el sentido de Tao.

-Me parece, joven, que podría enseñarte. Hace muchos años que no tengo alumnos y leo en tus ojos, no la vana curiosidad, sino el deseo sincero de adquirir la sabiduría que liberara tu alma. Escúchame.

En resumen, Tao es lo que los extranjeros llamáis Dios. Tao es el único. El Principio y el Fin. Lo abarca todo y todo vuelve a él. Lao-Tzú, al principio de su libro, trazó el carácter Tao. Sin embargo, lo que entiende por Tao, la Superioridad Absoluta, el Único, no puede ser nombrado, ni interpretado por un sonido, por el mero hecho de que es el Único. Del mismo modo, vuestro Dios no puede ser llamado Dios. U, la Nada, eso es lo que es el Tao. ¿Me entiendes? Escucha aún.

Hay una Realidad Absoluta, sin principio ni fin, que no podríamos concebir y que, por este mismo hecho, es para nosotros Nada. Por otra parte, aquello que podemos concebir, lo que para nosotros es relativamente real, en realidad no es sino apariencia; es una consecuencia engendrada por la Realidad Absoluta, ya que todo vuelve a ella, después de haber salido de ella. Sin embargo, las cosas, para nosotros reales, no son reales en sí. Lo que llamamos Ser, en realidad, no es, y lo que llamamos No-Ser, es. Vivimos en profundas tinieblas. Lo que imaginamos como real no lo es, y sin embargo, procede de lo real, pues lo Real lo es Todo. Pues bien, todo Ser, así como todo No-Ser, es en realidad Tao. Recuerda que Tao no es más que un conjunto de sonidos proferidos por el hombre; el verdadero Tao es indecible. Toda cosa percibida por los sentidos, todos los deseos del corazón son irreales. Tao es tanto el principio del Cielo como de la Tierra. Uno engendró Dos. Dos engendró Tres. Tres engendró la Multiplicidad. La Multiplicidad vuelve al Uno.

Cuando te hayas empapado de todo esto, joven, habrás franqueado las primeras puertas de la sabiduría. Sabrás entonces que Tao es el origen de todo. De Tao proceden los árboles, las flores, los pájaros. El océano, el desierto, los montes le deben su ser. El día, la noche, las estaciones, la vida y la muerte nacen de él. Lo mismo ocurre con tu propia existencia. Los universos perecen, los océanos se evaporan en la eternidad. Un hombre surge de las tinieblas, sonríe unos instantes al fulgor que lo rodea, y luego desaparece. Tao está en todos estos cambios. Tu alma, en su esencia, es Tao. ¿Ves el mundo que se extiende ante tus ojos?

Con un gesto amplio, el Sabio abrazó el mar y el horizonte.

Las montañas entregaban al cielo sus masas poderosas y resueltas. Eran como pensamientos poderosos esculpidos en plena consciencia. A medida que se hacían más lejanas, su sustancia se afinaba, se perdía como soñadores horizontes de éter luminoso. Una de ellas, muy alta, tenía en su cima un arbolillo que, en un tenue balanceo, dibujaba sobre la claridad celeste un fino bordado de hojas que se movían. Caía la tarde. Como una ternura envolvente, descendía de las regiones superiores. Las estrellas comenzaban a brillar y las montañas se recortaban, más claras, aureoladas de una maravillosa beatitud. Sus contornos se precisaban. Por doquier era la calma ascendente, que convergía en un haz de líneas rectas, inmóviles, como la llama pía de una fe inquebrantable y serena. Y el mar, lentamente, empujaba hacia nosotros sus olas; hubiérase dicho que planeaban. Era un infinito que caminaba, lleno de tranquila certeza. Y observé aún una pequeña barca cuya minúscula vela parecía un pétalo de rosa dorada. Ínfima, se aventuraba sin temor como cargada de amor sobre la extensión inmensa. Todo era de una absoluta pureza, inaccesible al mal.

Entonces, lleno de una extraña alegría, dije:

-Maestro, la comprensión entra en mí. Lo que busco es, en todas partes. No era necesario ir tan lejos en busca de lo que estaba al alcance de la mano. Lo que yo busco está en todas partes; lo que soy yo mismo, lo que es mi alma. Me es tan familiar como mi propio yo. Todo es Revelación. Dios está en todas partes. Tao está en todo.

-Cierto, hijo mío. Sin embargo, debes evitar las confusiones. Tao está en lo que ves. Pero lo que ves no es Tao. No cometas el error de creer que podrías contemplar Tao con los ojos de la carne. Tao no te hará ni estallar de alegría en tu corazón, ni saltar las lágrimas. Todos tus sentimientos y emociones son relativos, y no reales. No me extenderé en estas cosas; sólo estás en el umbral de la primera Puerta. Lo que percibes no son sino los primeros albores del alba. Conténtate con haber descubierto Tao en todo. Tu vida ganará en simplicidad y en confianza. Créeme, en el abrazo de Tao, estás tan seguro como un niño en brazos de su madre. Cada día te sentirás más impregnado de gravedad, en cualquier lugar donde estés, santificado como un sacerdote en el recinto del templo. Ya no temerás más las tribulaciones. Ya no temblarás ni ante la vida ni ante la muerte, pues sabrás que tanto una como otra proceden de Tao. Observa cuán simple es esta noción, pues Tao, una vez te haya envuelto en la vida, no dejará, después del paso de la muerte, de envolverte por la eternidad.

Observa el paisaje que se extiende ante tus pies. Los árboles, los montes, el mar son tus hermanos, como lo son el aire y la luz. ¿Ves las olas que avanzan con un paso natural como movidas por una ley cuya ineludible fuerza conocen? ¿Ves ese arbolillo, tu tierno hermano, y el juego exquisito de sus hojas tenues?

Escucha ahora lo que voy a decirte de Wu Wei, del No Actuar, del Dejar Ir al ritmo que procede de Tao. Los hombres podrían ser verdaderamente hombres si se dejaran ir como hacen las olas del mar, como florecen los árboles, en la simple belleza de Tao. En todo hombre hay un impulso a moverse que procede de Tao y que tiende a devolverlo a él. Pero los hombres se dejan cegar por sus sentidos y sus deseos. Son ellos los que quieren la voluptuosidad, la alegría, el odio, la fama y las riquezas. Sus movimientos toman la violencia de la tempestad desencadenada; su ritmo es un ascenso furioso, seguido de una precipitada caída. Desesperados, se atan a todo lo que es irreal. Desean demasiado la multiplicidad como para desear al Unico. También quieren la sabiduría, y la bondad, y esto, es lo peor de todo. Sólo hay un Remedio: el retorno a nuestros Orígenes. Tao está en nosotros. Tao es el Reposo. Sólo podemos llegar hasta él dejando de tender hacia él, y lo mismo ocurre con la bondad y la sabiduría. ¡Ay esos deseos inflamados de conocer Tao! ¡Esta triste pena que consiste en buscar palabras que lo expresen o lo imploren! El verdadero Sabio contempla la Doctrina inefable, que nunca será expresada. Por otra parte, ¿quién podría expresar Tao? Los que saben (qué es Tao) no lo expresan; aquellos que lo expresan, lo ignoran.

Tampoco yo te diré qué es Tao. Lo descubrirás por ti mismo, liberándote de todo deseo, de toda emoción, viviendo sin esfuerzo, sin acción alguna que esté en oposición con la naturaleza. Con un movimiento tan calmo, tan regular como el del Océano que está delante de nosotros, has de dejarte llevar hasta Tao.El mar no se mueve porque sea su voluntad, ni porque sepa que es bueno o sabio moverse. Se mueve porque se mueve, y no tiene ninguna consciencia de ello. Así, del mismo modo, fluirás hacia Tao, y cuando hayas alcanzado el objetivo, no sabrás nada, pues tú mismo serás Tao.

El Sabio se calló, mirándome tiernamente con una paz semejante a un cielo sin nubes.

-Padre -le dije-, lo que me enseñáis es tan bello como el mar. Y me parece tan sencillo como la Naturaleza. Sin embargo, no le es tan simple al hombre dejarse fluir, sin más, hacia Tao en una serena inacción.

-No confundas las palabras -me respondió-. Cuando Lao-Tzú hablaba de Wu Wei, el No Actuar, no se refería a la inacción ordinaria, el contentamiento perezoso con los ojos cerrados. Designaba la inacción de los movimientos terrestres, de los deseos, de las aspiraciones hacia cosas desprovistas de realidad. Y entendía la acción de las cosas reales; una de las más enérgicas actividades del alma que hay que liberar de la triste carne, como se abre la jaula del pájaro cautivo. Entendía el abandono al poder interior, al ritmo que tiene de Tao, y que te vuelve a llevar a él. Te lo digo, este moverse es tan natural como el de una nube que flota encima de nosotros.

Lentamente, algunas nubes doradas resbalaban, en lo alto, derivando poco a poco hacia el mar. Brillaban con el resplandor puro de un amor sublimado, prosiguiendo su camino con la sensualidad de un sueño.

-Dentro de un momento -dijo el Sabio- se habrán disuelto en el infinito del cielo, y sólo percibirás el eterno azul. Así tu alma, como en un sueño, será disuelta y absorbida por Tao.
____________________

Sacado del capítulo I de Wu Wei, de Henri Borel. Ed. Obelisco, Barcelona, 1992


Info
Wikipedia
La página del Tao
:: posted by giroaj, 9:50 p. m.

5 Comments:

Solo puedo decir que lo volvere a leer y a partir de ello tratare de entender...
Besos
Blogger Opalo, at sábado, febrero 10, 2007 4:20:00 a. m.  
La inacción que describe el maestro es algo estupendo, poético y prometedor, a lo cual me sumo (en intentona), aunque no sea capaz de llevarlo totalmente a la vida.
Seguiremos intentándolo.
Gracias por el fragmento.
Blogger Panflín, at domingo, febrero 11, 2007 12:24:00 a. m.  
Bueno Opalo, espero q lo entiendas...y sino ya sabes...hay diálogo, je,je.
Besos, :)
________

Panflín un maestro chan te diría: No lo intentes !! Hazlo !!
Pero como no soy un maestro chan...
Creo q experimentar Wu Wei abre nuevos horizontes, a tierras cercanas y celestes...a enfocar de manera nueva lo uno siempre...

Un abrazo, :)
_____________
Blogger giroaj, at domingo, febrero 11, 2007 8:40:00 p. m.  
Qué buen texto el que has escogido.
Su lectura reconforta.
Los maestros siempre están a nuestro alrededor para revelarnos la luz, el camino.
Lamentablemente, en la prisa y la codicia nos enredamos cada día.

olie
Blogger Olie, at jueves, febrero 15, 2007 10:16:00 p. m.  
Me alegra q te reconforte :D

Bueno pues...sera cosa de desenredarse :P

Besos, :)
Blogger giroaj, at jueves, febrero 15, 2007 10:22:00 p. m.  

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